COMUNISMO O LIBERTAD. El discurso polarizado se nos está yendo de las manos

– Por: J. S. Rodríguez –

La convocatoria para las elecciones del 4 de mayo en la Comunidad de Madrid ha supuesto una gran sorpresa mediática. A principios de marzo, la Presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, temiendo una moción de censura por parte de la oposición, ha disuelto la Asamblea, lo que ha llevado al comienzo de una nueva campaña para captar votos.

La campaña de Ayuso comenzó de la siguiente manera: “Socialismo o libertad”.

El inesperado anuncio del Vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias Turrión, de presentarse como candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid, provocó que el revuelo de las elecciones autonómicas fuera aún mayor.

Para adaptarse a la circunstancia, el partido de Díaz Ayuso decidió modificar nuevamente el lema de campaña: “Comunismo o libertad”.

El lema de la presidenta de Madrid empezaba fuerte. En los tweets daba elegir entre dos disyuntivas de opciones radicales, sin mediaciones ni grises. O con ellos, o con nosotros. Un mensaje que señala la ideología de la oposición como una privación de toda libertad y, por lo tanto, un enemigo de la libertad al que vencer.

Dejando para otro momento el debate sobre el término de libertad y entendiendo que, en una sociedad democrática, las distintas visiones que tienen las personas de este término (y sus posibles variables), es lo que suele enmarcar todo el espectro de partidos políticos, nos encontramos ante un mensaje realmente polarizado.

Un mensaje que en primer término puede servir para la captación de votos, torna inmediatamente después a generar una animadversión social, que polariza y divide a  la sociedad, haciendo que los representantes políticos afirmen de manera rotunda la imposibilidad total de reconciliación entre diferentes ideas.

La respuesta no se hizo esperar, y el partido de Podemos entró al trapo, respondiendo de la misma manera absurda y redundante: “Fascismo o antifascismo”.

Hoy en día el término fascismo está tan banalizado que ha perdido el sentido atroz que representaba en el sentido original que le dió el partido fascista de Mussolini.

El Partido Popular no es, ni de cerca, sinónimo de un verdadero fascismo, de igual manera que Podemos no lo es del comunismo. Ambos partidos se sitúan en un espectro político de acción socialdemócrata (escorados a derecha o izquierda), y por mucho que se empeñen en negarlo en los discursos, ambos siguen las reglas (en mayor o menor medida) de la Constitución de 1978, en el que se especifica que España se constituye como un Estado social y democrático de Derecho.

En el día a día, ambos partidos hacen su propia interpretación de este tipo de modelo de Estado. Siendo un poco simplista, en España se podría decir que la izquierda intenta centrarse en derechos a libertades sociales y ayudas sociales, mientras que la derecha se enfoca en derechos a libertades económicas y libertades de emprendimiento. Pero ni si quiera esto sería totalmente cierto, porque ambas ideologías intentan promover, a su manera, las políticas sociales y económicas del país.

Si los partidos que tenemos hoy no son radicalmente distintos, ¿Cómo es posible que se lancen mensajes tan confrontados y polarizados?

Aquí podemos ver al presidente de VOX, Santiago Abascal, criticando a Pablo Iglesias por utilizar una acción política semejante al drama de una serie de televisión.

Pero un día antes de este discurso era el propio partido de VOX quien publicaba un mensaje de campaña radicalizado, que buscaba  ridiculizar el discurso de Iglesias, contextualizándolo como una serie de ficción y demonizando al enemigo que hay que derrotar ,utilizando, a ironía del discurso posterior de Abascal, las herramientas emotivas de música épica y filtrado de color que se usa en el cine de ficción.

Como si  se tratara de una batalla épica en la gran pantalla, el partido busca sacar a sus votantes un sentimiento primitivo de odio hacia un enemigo común, señalándolo como culpable de todos los males, sin hacer mención de la complejidad que supone los problemas reales en una comunidad, en los que raramente o nunca se producen por un único motivo.

Demonizar al enemigo, radicalizar, suponer que derrotarlo pone fin  a los problemas, son métodos que en el siglo pasado llevaron a las guerras que casi destruyeron nuestro planeta.

Las estrategias de comunicación que vemos hoy en día buscan enfrentarnos, en vez de buscar lo que realmente demanda la política democrática: llegar un acuerdo entre las personas para poder vivir en la misma comunidad.

En la sociedades democráticas, la política sirve  para administrar y dirigir el rumbo de todas las personas que viven en ella, por lo que las decisiones tomadas por los políticos afectan a todo el conjunto de la población, es decir, a todos nosotros.

Si todos vivimos en una  misma comunidad, lo razonable es que lleguemos a acuerdos para poder vivir, todos juntos, de la mejor manera posible.

No se puede vivir con quien no se llega a acuerdos.

En el día a día de una persona tal vez sea difícil llegar a entenderse con otra, pero en la política se está dirigiendo el rumbo de millones de personas, por lo que llegar a acuerdos es algo totalmente necesario y casi obligatorio, además de servir como ejemplo para la sociedad en cuestión de entendimiento.

 Cuando las personas no se han entendido se ha perpetrado las mayores atrocidades de la historia del hombre. Conflictos, peleas, odio, guerras…

Hay siglos de historia que demuestran estos problemas, por lo que deberíamos darnos cuenta de que lo que necesitamos es que los políticos tienen que alcanzar acuerdos, vengan de donde vengan, y no crispar y dividir como se está haciendo en los últimos años.

Hoy vivimos un contexto en el que los políticos se pelean para no perder votos ante el gran número de competidores que ha roto el bipartidismo de España, por lo que el consenso y el trabajo conjunto está quedando en segundo plano. Estamos viendo que la figura del político se ha convertido en puro teatro mediático para conquistar tu voto y vencer por fin al enemigo.

Un enemigo que señalan como el mal de todos los males.  Pero realmente no hay enemigo, solo hay hermanos de una misma tierra, con una misma lengua, con una misma cultura, con unos mismos problemas y con una misma capacidad de sentir lo que tú sientes.

Por eso, todo esto, se nos está yendo de las manos.

El contexto mediático de las redes sociales y los mensajes rápidos ha catapultado las críticas rápidas a personas que desconocemos, a contextos que no entendemos, a una falta de empatía tras un rostro anónimo, provocando una desinformación brutal en gran parte de la población (resulta irónico que estemos peor informados en lo que conocemos como “la era de la información”).

Esto ha llevado a que los políticos elijan si sumarse a la corriente de las redes sociales o verse devorados por una “marginación social”. Los políticos ya no marcan totalmente las agendas de los medios, ahora deben seguir las tendencias de las redes para poder pelear por los votos.

El partido que sea inactivo en redes sociales y no caiga en la polarización del discurso provocado por las tendencias, está destinado a la “marginación social”, porque sólo unos pocos hablarán de él y aún menos personas se acordarán de votarlo, por lo que estará encaminado a su propia extinción.

Por ello, los políticos utilizan cada vez más unos discursos polarizados.

“¿Un partido ha dicho algo más polarizado que nosotros? Voy a perder votos por ello, por lo que tengo que meterle un ZASCA en Twitter, porque, por supuesto, no puedo ser menos que ese partido y tengo que decir una burrada más grande para ganar más likes que ellos. Así seguro que conseguiré más votos de aquellas personas que no quieren un discurso coherente y conciliador, porque se que buscan morbo, salseo y las necesidad de sentirse superiores a los demás, en vez de intentar entenderse con los que piensan diferente para poder vivir en una sociedad compartida”.  

Exageración de la estrategia del político medio.

La polarización se nos está yendo de las manos, y si seguimos así, no podemos esperar algo bueno para el futuro.

Es difícil pensar en alguna solución para esta radicalización, ya que una solución instantánea es imposible para cualquier contexto social, pero creo es importante centrarse en un trabajo de fondo, es decir, concienciarnos del contexto en el que vivimos y educar a las siguientes generaciones en su reparación, mediante el uso de la empatía, la razón y el entendimiento hacia los demás, apoyado en la paciencia, el respeto y la perseverancia, porque estas cualidades son las que nos han llevado a comprender a nuestros vecinos y hermanos, y por ende, a construir una sociedad democráticas junto a ellos, limando las diferencias y potenciando nuestros puntos en común.

Pero, por supuesto, para que una sociedad democrática pueda sobrevivir, se debe solventar la paradoja de la tolerancia mediante la fórmula que concluyó el filósofo austro-británico Karl Popper, es decir, la tolerancia no debe tolerar lo intolerante.

Hay que evitar, por todos los medios posibles, los discursos de odio intolerantes, pues lo único que consiguen es reducir la libertad, la igualdad y la integridad de las personas.


PD: los ejemplos que he escogido sobre el tema de “Comunismo o libertad” los he usado para enmarcar el contexto en el que vivimos. Si usted quiere ver más ejemplos puede acceder a cualquier red social del partido político que más le guste y podrá apreciar la crispación y el enfrentamiento que he comentado. Pero si tiene algo de estima por su salud mental le recomiendo que no permanezca en estos espacios por un tiempo prolongado.

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